No sé si eres supersticioso.

Es que esto de hoy va de actos que se dice que atraen la mala suerte.

De espejos que a veces se rompen.

Pero también de influir sobre las personas y vender.

Situamos la acción (léase con la voz de Antonio Reguera, genio del humor) en Venecia, entre el siglo XV y el XVI.

Con toda la gente de las altas esferas, los del taco de la época, apuntándose a una moda.

La de mirarse el careto en un espejo realizado en vidrio, con una lámina de plata en la parte posterior.

Hacerlo con una vasija de agua o una pieza de metal había quedado relegado a una práctica de tiesos.

Pero pasaba algo.

Sí, eran muy caros.

Así que estos aristócratas venecianos comenzaron a advertir a sus sirvientes que debían ser muy cuidadosos al manipularlos, porque en caso de rotura, iban a pasar varios años trabajando sin percibir su salario hasta saldar la deuda.

Sudores fríos. Muy fríos. Imagínate.

El miedo se fue propagando de forma oral. Adornándose, agregándole nuevos elementos, dando lugar a una superstición.

Un mensaje aprendido, generación tras generación, que todavía en nuestros días imitamos de manera inconsciente.

A mediados del siglo XIX aparecieron los espejos tal y como hoy los conocemos, muchísimo más asequibles al bolsillo, pero…

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P.D.2: Ten cuidado, no te cortes si se te rompe uno. Preocúpate únicamente por eso. Que no te asusten.
 




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