Seas o no aficionado a la pintura, seguro que conoces «Las Meninas», obra del increíble Velázquez.

En algún momento de tu existencia te has cruzado con este cuadro.

El pintor sevillano aprovechó para autorretratarse en él, pero su tema central es la infanta Margarita, situada en primer plano, rodeada por sus sirvientes: «las meninas».

Si lo observas, verás que dicha infanta sostiene una pequeña vasija, color marrón.

Por su gesto, parece que se la acaban de ofrecer.

¿Tendrá sed? ¿Contendrá agua? ¿Un ColaCao fresquito, quizás?

No, anda dándole rienda suelta a su bucarofagia.

Resulta que esta práctica era habitual entre las féminas de la corte del Siglo de Oro español.

¿En qué consistía?

Según la Wikipedia, los búcaros eran recipientes de cerámica, pequeñas vasijas de tierra arcillosa.

Objetos de lujo, procedentes del otro lado del charco. Al alcance de unos pocos.

Pues, se los comían.

Sí, así como te lo cuento.

Como esos niños pequeños que comen tierra.

O como aquel compañero mío del cole que se comía las gomas de borrar.

Poco a poco, en pequeñas dosis.

¿Por qué?

Me da a mí que apetecibles no eran, pero a estos jarrones se les atribuían propiedades, por la arcilla con la que se fabricaban.

Gracias a su ingesta se conseguía perder peso y tener una tez más blanca, como mandaban los cánones cortesanos de belleza de la época.

También tenían efectos contraceptivos, alucinógenos y/o narcóticos.

En realidad, eran trastornos provocados por un envenenamiento continuado con plomo, arsénico y otros metales, presentes en el barniz que se aplicaba a las cerámicas para hacerlas más brillantes.

No creas que fue una moda pasajera, no. Se impuso con fuerza. Unos dos siglos estuvieron ahí dándole al búcaro, hasta que consiguieron erradicarla por completo.

De cualquier forma, lo que te ofrezco yo también engancha. Pero es saludable, y sus resultados, muy apetecibles.

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