Mensaje de ventas: impresionantes trucos con un yoyó

Whirlgig podría ser el nombre en clave de un físico nuclear soviético que planea pasarse al bando contrario en plena Guerra Fría, o el de un rudo guerrero, protagonista de una novela de espada y brujería, de esas a cuya lectura me entregaba, ávido, en mi adolescencia.

Pero no, con él se patentó en 1866 (no, yo tampoco había nacido todavía) un yoyó.

Ese juguete que consta de dos discos pequeños unidos por un eje, al que se ata y enrolla una cuerda. Gracias a esta, y mediante impulsos de la mano, puedes hacer que suba y baje de manera sucesiva, así como realizar diferentes trucos: el perrito, el ascensor, el dormilón, la Torre Eiffel, etc.

Aunque su origen no está del todo claro —entre Filipinas, China y la Grecia clásica anda la cosa—, ya existía un cacharro similar, llamado bandelore, algunos años antes de dicha patente.

Otro que parece que también sabia un rato de apuntarse los tantos de otras personas era Thomas Edison.

Bueno, y más gente. A todos nos han copiado en algún momento.

Tratar de subir, de destacar, de estar en lo más alto, con un mensaje ajeno, puede no ser una idea acertada.

Puro autoengaño. Eso que van a percibir, no eres tú. Es otro.

Como John Travolta y Nicolas Cage en la trepidante “Cara a cara (Face/ Off)”.

O prueba a ligar en Tinder, usando fotos de la actriz o actor del momento.

Minuto de gloria.

Luego vienen las decepciones.

Copywriting: en su cabeza, no en la tuya

Y es que necesitas un mensaje de ventas propio, útil y que no produzca una conexión cogida con pinzas. Que ni es conexión ni es nada.

Sólido, veraz y que vaya más allá de tus siglos de experiencia y tu equipo multidisciplinar que da volteretas de 360 grados.

Entender a tu público, a tu mercado y empatizar con él.

Acercarte a tu cliente. Escribir pensando en él. Llamar su atención. Siendo tú mismo. No otra de esas cotorras verdes que son legión en los parques.

Algo en lo que el copywriting puede ser tu gran aliado.

Generando emociones, sensaciones… como aquellos pros del yoyó que en los 80 hacían demostraciones de su pericia en los patios de los colegios, poniéndote los dientes largos.

Querías un yoyó como el de ellos, y querías ser el puto amo con él, como ellos.