¿Y si una inteligencia artificial realmente fuese un ordenador poseído?

O un móvil.

Siri, Alexa o aquella otra que logró vencer en una partida a un maestro de Go, humano, más cercanas a Regan —la niña de El Exorcista— que a Skynet de Terminator.

Nada de liderar un ejército de máquinas ni desencadenar un holocausto nuclear.

Una posesión demoniaca ante la que tu técnico informático de confianza no tendría ninguna oportunidad de salir airoso.

Trabajo para un sacerdote católico cualificado para realizar exorcismos, armado con agua bendita, crucifijos y oraciones en latín.

No me quiero ni imaginar las experiencias sobrenaturales que vendría tras un “Oye, Siri”. Y seguro que tú, tampoco.

Por cierto, se comentaba por ahí recientemente que la creación de textos profesionales por inteligencias artificiales iba a mandar al paro a copywriters y demás fauna redactora humana.

Se ve que nadie reparó en un importante detalle: un texto generado de manera automática por un escritor sintético —sin carne ni huesos— puede tener sentido gramatical, pero carece de emoción.

Y así no se conecta con el lector.

Los estímulos emocionales son algo que solo se logra de humano a humano.

Seres que, por otro lado, somos capaces de formular planes y estrategias sobre qué hacer a continuación. Tomar decisiones en base a eso que ha atrapado al hemisferio derecho de nuestro cerebro, que ha despertado algún tipo de emoción en él.

Las emociones ayudan a vender. Generan clientes. El final feliz de un proceso.

Aunque cada uno con su marca o negocio que haga lo que quiera y use los textos que le apetezca.

Pero luego, no te lamentes. De donde no hay, no se puede rascar. Hazle caso a la sabiduría popular. O no. Tú verás.

Hablando de maquinas…

Escuchar a tu caja registradora murmurar sin cesar su mantra más alegre —ese “clinc“— es música celestial, un estimulante ASMR. Y ya sabes cómo se consigue. En mi web te lo indico todo el rato. Nada que ver con el demonio hablando en lenguas.