Andaba pensando en la vida y en cómo nuestras elecciones afectan a nuestro bienestar, en cómo nos las arreglamos para acabar eligiendo las que nos producen el efecto contrario, las que menos felicidad nos aportan…
(No me había fumado nada, me viene de serie…)

Y me acordé de algo a lo que sometieron a unos novatos en Harvard.

Un experimento, con estudiantes de primer año como conejillos de indias.

Pero no comiences a frotarte las manos, que no hubo electroshocks, privación del sueño o suministro de pastillas con efectos secundarios extraños.

No, más bien fue un estudio psicológico.

Sí, te cuento:

En su primer año, a los estudiantes de Harvard se les adjudica en qué habitación vivirán durante su estancia en dicha universidad.

Esto se hace mediante sorteo, por lo que todo queda en manos del azar.

Hay dos residencias de estudiantes:

– Una de ellas es un bello e impresionante edificio de ladrillos rojos con una rica historia a cuestas. Los chavales rezan porque les toque vivir ahí. ¿Quién podría estar triste en un edificio así?

– Y la otra, es una torre de hormigón. En absoluto decrépita, pero nadie la tiene como primera opción. Se amargan solo de pensar que tendrán que pasar unos años en ella. Están convencidos de que su experiencia universitaria será tan horrible como el edificio.

Vale, pues mediante entrevistas de seguimiento, una psicóloga pidió a un grupo de novatos que predijeran cómo podría afectar cada una de las residencias universitarias disponibles a su experiencia en la universidad.

Luego las comparó con las predicciones iniciales.

Resultados:

– Los estudiantes a los que les tocó la residencia «chunga» terminaron mucho más felices de lo que habían previsto.

– Los que aterrizaron en la más deseable fueron menos felices de lo que esperaban.

La conclusión a la que llegó el estudio fue que daban demasiada importancia a diferencias obvias entre las residencias, como la ubicación y las características arquitectónicas, y muy poca a las cosas que no eran tan diferentes, como el sentido de comunidad y la calidad de las relaciones que desarrollarían allí.

Pero esto no les ocurre solo a ellos.

Si a ti o a mí nos piden que adivinemos si son más importantes las relaciones o la arquitectura, seguro que vamos a decir que, por supuesto, las relaciones.

Sin embargo, nuestro comportamiento no siempre lo refleja.

Constantemente tomamos decisiones como si no lo creyéramos.

Bueno, esto se está alargando mogollón, así que sobre cerebros reptilianos y decisiones de compra si tal hablamos otro día.

P.D.: Pero recuerda que todos somos humanos y compramos cosas. Lo vemos en mis emails (si te suscribes):

 




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