En una publicación anterior sobre el terral malagueño, te comenté que no me gusta el verano.

Pero, no siempre fue así.

Durante mi infancia, disfruté mucho de esta estación de perpetuo sudor y piel pegajosa.

En aquellos tiempos, el verano era sinónimo de vacaciones.

Sin deberes. Sin preocupaciones.

Juegos, lecturas, televisión…

Y, por supuesto, jornadas interminables en la playa. Horas y horas —a diario—, de junio a septiembre. Es lo que tiene vivir junto al mar.

Pues, si naciste antes de los 90, seguro que tú también recuerdas aquel momento en el que el ruido de los motores de una avioneta paralizaba toda actividad playera.

Excitadas miradas al cielo. Brazos extendidos. Gritos.

Abandono momentáneo de toallas y tumbonas. De cubos, palas y rastrillos. De bocadillos de chorizo —o mortadela de aceitunas— y batidos de chocolate.

Carreras hacia el agua.

Niños y adultos enfrascados en una auténtica lucha, en mitad del mar, por hacerse con una de las pelotas a medio inflar que caían del cielo.

Merchandising de Nivea que se convirtió en uno de los grandes éxitos de la historia del marketing, gracias a la estrategia de publicidad viral y las técnicas de guerrilla llevabas a cabo en la época por esta mítica marca de productos para la protección de la piel. ⁣

Cada playa era visitada solo una vez por temporada, así que estos balones eran auténticos objetos de deseo.

Nada, que hoy, me apetecía ponerme nostálgico al hablarte sobre marketing.

Por cierto, tuve la suerte de coger una. ¿Y tú?