Tocas la guitarra, y te vas de gira por Europa con tu banda, dejando tu trabajo en una fábrica metalúrgica.

El último día, acudes a tu puesto por la mañana, y durante el almuerzo, le comentas a tu madre que no irás por la tarde. —No puedes decepcionarles— te dice, regañándote.

Te asignan el manejo de una máquina que comprime planchas metálicas. No la habías usado nunca.

Andas ahí, empujando dichas planchas hacia su interior, cuando de pronto, horror. El inmenso peso de la prensa cae sobre tu mano derecha, atrapando varios de tus dedos. Sangre por todos lados.

Esto, que puede parecer un mal sueño o una pesadilla, le ocurrió a Tony Iommi, cuando contaba con 17 años de edad, costándole la punta de los dedos corazón y anular de su mano derecha. Una tragedia, y más, si eres zurdo.

Tras la lógica depresión inicial, en vez de abandonar, siguió adelante, inspirado por el guitarrista de jazz Django Reinhart, que perdió la movilidad en varios dedos a raíz de un incendio.

Construyó unas prótesis de goma para sus dedos dañados, y afinó algo más grave su guitarra, para que de esta forma las cuerdas quedasen menos tensas, evitando dolor al tocar.

No sé si te gustan los Black Sabbath, pero el resto, es historia.

Este accidente laboral —bendito accidente laboral— lo convirtió en el padre del heavy metal (con permiso de la banda estadounidense Blue Cheer).

Hoy quería hablarte de emociones, de esas que impulsan las ventas.

De que a los compradores potenciales no les importan las «características y beneficios» si no los tienes enganchados emocionalmente.

Y te he contado esta historia. Puede que exista alguna conexión. O no.